A veces, las aficiones se convierten en obligaciones. Es curioso lo insignificante que puede llegar a resultar el abismo entre un “quiero” y un “debo”.

Ese gran paso, ese paso decisivo en el que accedes a implementar tus elementos de ocio en tu rutina. Lo das, con o sin dudas, simplemente lo das.
Siempre fue obvio, dejaría de ser algo a lo que aferrarse para descansar de la cotidianidad y pasaría a ser otro componente trivial más, un deber o un compromiso.

A menudo, las aficiones son también pasiones. El romanticismo renace sin excepción en estos casos.
El amor al arte te pasea por la nostalgia, te precipita hacia la emoción y por fin, te acoge en la necesidad.