En un lugar recóndito del cerebro se esconde un interruptor maldito. Se activa él solo, en situaciones emocionales complicadas. Acciona un sistema de incertidumbres que provocan la aparición de un alter-ego ingrato. Digamos que viene a ser el botón de un control remoto que al presionarlo convierte un coche de juguete en un robot aterrador, el famoso Transformer.

Bien, yo llevo muchos paseos tratando de encontrarlo. Es inútil. El maldito interruptor sabe cómo desaparecer.
Con los primeros paseos pensé que habría que esperar hasta que volviera a auto-activarse para revocar el proceso.
Unos paseos más tarde decidí no quedarme inmóvil y devolverlo a su posición inicial puesto que la transformación ya se había completado. No solo fracasé, además provoqué que se escondiera mejor.

Con este último paseo se me ocurrió algo diferente. Pensé que podría ignorar al alter-ego y tratar directamente con la persona real, como si aun no se hubiera transformado. De momento el alter-ego se siente desubicado, pero estoy logrando que mi propio interruptor no salte.
Calculo que dentro de unos pocos paseos más, todo habrá terminado.

¡Maldito interruptor ese interruptor maldito! Compartes mesa con un allegado y al día siguiente te encuentras frente a una persona que resulta ajena. Maldito click.

Tal vez desgastaré mis suelas pero estaré feliz de haber tratado, con cada paso, que el tránsito haya durado menos.

Interruptor maldito, la próxima vez te encontraré a tiempo.