Las palabras se enfrentaron a los sentimientos y se negaron a expresarlos. Era una tarea demasiado compleja y tenían miedo de no actuar en el orden correcto.

El cerebro intervino como mediador y llamó a ambas partes a la serenidad, estas acordaron no manifestarse. Esperó impasible hasta que decidió el momento adecuado y entonces, les tendió una trampa; ordenó empezar a hablar a la boca.

Pasó que los sentimientos se convirtieron en palabras y las palabras se llenaron de sentimiento.

La conciencia durmió tranquila y el corazón reposó calmado.