No entiendo el interés de los gobiernos en fomentar los valores familiares.
Mi generación, los nacidos entre mediados de los 70 y mediados de los 80, se ha visto obligada a buscar alternativas.
La mayoría de nuestros padres no tuvieron opción a los estudios, es por eso que trabajaron desde nuestra infancia para ofrecernos todo lo que ellos nunca pudieron tener. En resumen, nos lo dieron todo hecho.
Hemos crecido en democracia, nadie nos ha enseñado qué es eso de “reivindicar”. Nuestra vida ha sido tranquila y segura, no hemos sentido la necesidad de “mejorar”. La lavadora nos lavó la ropa y el microondas nos calentó la comida; nuestra única responsabilidad fue hacernos la cama, y muchas veces lo hacíamos tarde por quedarnos a ver la televisión.
Ahora, somos grandes. Tenemos formación y estamos capacitados para desempeñar nuestras tareas laborales. Abrimos la puerta para salir a la calle en busca de nuestro propio lugar en el mundo y, horror, en Barrio Sésamo nunca dedicaron un capítulo a cómo hacerle frente a la vida, a cómo valernos por nosotros mismos.
Somos esclavos del reloj, estamos pendientes de los horarios; los horarios del autobús, los horarios del banco, los de las tiendas… ¡qué difícil es compaginarlo todo!. Si conseguir el carné de conducir costara menos que nuestro sueldo de todo un mes, el seguro y la gasolina tuvieran un precio más razonable y el sistema supiera integrar, en armonía, los conceptos industria y naturaleza; tal vez muchos podríamos pensar en comprarnos un coche de segunda mano y salir, de vez en cuando, a recorrer nuestra geografía. Reclamar nuestro derecho a ser “domingueros”.
¿Nadie ha pensado en los jóvenes que no tienen quién les avale?. Si nadie les puede prestar el dinero para la entrada de una vivienda, o son los primeros de la estirpe que aspiran a la propiedad de un pisito, ¿por qué se les presentan más obstáculos en vez de más ayudas?, ¿avanzamos o retrocedemos?. Las hipotecas de los inmuebles más modestos, superan el 60% del sueldo base, ¿qué sentido tiene?.
El día que queramos tener hijos, ¿tendremos que pedir sustento a los abuelos?. Y si no tenemos hijos, ¿no será más fácil para poder resolver nuestra economía?. Lo que queda claro es que los tiempos han cambiado, la idea de matrimonio convencional con la parejita de retoños, ya no se estila; mejor dicho, es complicada de lidiar.
Son muchos los que tienen que abandonar su lugar de procedencia porque, sencillamente, no hay lugar para tantos profesionales juntos. Muchos títulos y pocos puestos. Empezar de cero supone, en estos casos, empezar solos, despojarnos de sentimentalismos y superar añoranzas.
Vivimos en pisos compartidos, nos hemos hecho a la independencia personal; va a ser difícil desprenderse de ella. Compartimos gastos, lo cual, no quiere decir que estemos obligados a dar explicaciones, ni a dar un parte de dónde o con quién hemos estado. Nos queremos como grupo, pero somos individuales. Gozamos de privacidad e intimidad; estamos aprendiendo a controlar la libertad, la libertad impuesta. Nos movemos por y para nosotros mismos. Basamos nuestra convivencia en el respeto y en la comunicación, en la compañía y en la confianza. Si no nos juzgan, no juzgamos.
Ya no hablamos de novios, novias, padres, madres; hablamos de compañeros. No hablamos de hermanos o primos, hablamos de amigos.
Hoy en día, quien tiene un amigo, tiene una familia. Y eso, quien no lo vive, no lo entiende. Entonces, desde nuestro lecho fraternal, nos llaman rebeldes o insensibles, incluso desagradecidos. Pero el cariño, bajo nuestro punto de vista, cobra otros significados. El amor, requiere de sentimientos muchos menos livianos y menos “espirituales”. Ahora somos seres más complejos, nuestras convicciones desafían a nuestros recuerdos; nuestra realidad, a las promesas del progreso.
Un amigo es compañero, socio, apoyo, confidente y complemento. Un semejante. Alguien que comparte algo más que los momentos de ocio, comparte nuestra vida.
Así que, ánimo para los que tuvimos que cambiar los valores de antaño y nos vimos obligados a alejarnos de las tradiciones. Los que, después del miedo, logramos apreciar el entorno que, a la fuerza, tuvimos que crear.
Amigos, nuestra familia es sólida. Enhorabuena a todos los que se sientan parte de una, a los que ganaron el poder de diferenciar entre amigos y conocidos, y a comprender su verdadero significado.
February 03rd 2007